Las paradas cardíacas en niños suelen tener una causa distinta a las de los adultos. La anatomía del bebé y el origen del problema dictan cómo hay que actuar en estos casos.

Las paradas cardíacas en niños suelen tener una causa distinta a las de los adultos. La anatomía del bebé y el origen del problema dictan cómo hay que actuar en estos casos.

Un niño que ha perdido la conciencia tras una caída o un bebé que no puede respirar por un atragantamiento. La asistencia inmediata en situaciones de emergencia como ésta podría salvar la vida del pequeño y ni todo el mundo sabe hacer un masaje cardiorrespiratorio ni es lo mismo realizarlo en un adulto que en un recién nacido.

Para empezar, la principal causa de parada es diferente. En los adultos, argumenta Silvia Belda, pediatra especializada en Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos del Hospital 12 de Octubre de Madrid, «estas situaciones suelen ser por problemas cardiacos. No llega suficiente oxígeno al corazón». Este tipo de paradas, continúa la experta, «necesita desfibrilación, por eso es necesario utilizar las palas en cuanto sea posible».

Sin embargo, en los niños «las causas de parada suelen ser de etiología respiratoria. Es mucho más importante ventilarles y darles oxígeno que en los adultos, entre quienes lo fundamental es iniciar el masaje rápidamente».

Como consecuencia, según recomienda el protocolo de primeros auxilios en bebés y niños, ante un menor de dos años parado, si no hay nadie más que pueda ir llamando al 112, lo primero que hay que hacer es asegurarse de que el pequeño recibe un minuto de reanimación cardiopulmonar. Después, la persona que le asiste ya puede detenerse un momento para llamar a la ambulancia. En los adultos, conviene avisar al 112 lo antes posible.

El bebé no es un adulto pequeño

«Es un error muy frecuente asumir que el niño es un adulto en pequeño, pero no es así». Su constitución ósea y articular es diferente y la anatomía de la vía aérea también. Si el primer paso antes de reanimar a un parado consiste en abrir su vía aérea (para alinear los ejes faríngeos y laríngeos), habrá que tener en cuenta la edad de la víctima para actuar correctamente. En un adulto se consigue desplazando hacia atrás la mandíbula, pero en los niños y, especialmente en los bebés, el desplazamiento debe ser muy reducido. El mejor truco para no excederse es colocar un pañal debajo de la parte alta de su espalda.

Dado que es muy difícil pinzar su pequeña nariz con los dedos para hacer las ventilaciones en la boca (tal y como se practica en un adulto), el protocolo remarca que lo más conveniente es ventilar tanto la boca como la nariz, en lugar del clásico boca a boca.

También, por sentido común, el masaje cardiaco en los pequeños requiere menos fuerza. Para lograrlo, en los bebés se usan sólo dos dedos, mientras en los niños se emplea la palma de una mano y en los adultos, dos manos entrelazadas. Sin embargo, subraya la pediatra, dado que su frecuencia cardiaca es mayor (unos 120 latidos por minuto -en el adulto, unos 70-), «tenemos que hacer más acciones por minuto, aunque con menos fuerza».

Otra diferencia entre los mayores y los más pequeños es que la parada en los primeros es más brusca. En los niños, «hay un periodo previo en el que se van poniendo malos, muestran dificultad para respirar, se van agotando, la piel va adquiriendo un color azulado…».

Mejor supervivencia

Teniendo en cuenta este aspecto y que, por suerte, «la parada es muy poco frecuente en los niños», lo primero que hay que intentar hacer es «mantener la calma» e iniciar las maniobras cardiopulmonares lo antes posible para que haya más probabilidades de sobrevivir», concluye Belda.

Según un estudio japonés publicado en Pediatric Critical Care Medicine, las paradas en las que hay un observador que inicia maniobras de reanimación cardiopulmonar mejoraba la supervivencia tras un mes en 2,81 veces. Es decir, con un observador que inicia reanimación cardiopulmonar existe casi tres veces más probabilidad de sobrevivir que sin él y un riesgo 4,55 veces menor de tener secuelas neurológicas importantes.

Aunque no hay mucha literatura al respecto, otro estudio difundido por la revista Pediatric Cardiology muestra efectivamente que la incidencia de parada pediátrica en menores de 18 años es alrededor de ocho paradas por 100.000 niños y año, ocurriendo entre un 30% y un 50% de ellas en menores de un año. En adultos, las cifras son entre 50 y 55 paradas por 100.000 personas y año.

Los atragantamientos son otra de esas situaciones que generan pánico y no se pueden abordar de la misma forma en bebés que en adultos. Como recomendación general, cuando el afectado puede toser, sólo hay que animarle a que lo siga haciendo. Únicamente, en caso de que sea obstrucción total, el acompañante debe actuar.

En los menores de un año, expone la especialista, hay que tumbar al bebé boca abajo (sobre el brazo) y darle cinco golpes interescapulares enérgicos. Después, ponerle hacia arriba y darle un masaje (cinco presiones). Se van intercambiando ambos ciclos hasta conseguir que el bebé expulse el objeto extraño.

En el adulto, primero, se darán cinco golpes en la espalda y, si no sale el objeto o el alimento, el acompañante se posicionará por detrás y le rodeará con los brazos para colocar su puño con el pulgar sobre el abdomen y presionar hacia el centro del estómago, justo por encima del ombligo y bajo las costillas de la persona (lo que se conoce como la maniobra de Heimlich), hasta que el objeto se expulse. En los niños se hará también el mismo procedimiento, pero con menos fuerza.

FUENTE: ELMUNDO.ES

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